Testigo clave revive los dos terremotos que marcaron la historia reciente de El Salvador
Por Redacción Diario Latina · 29 de septiembre de 2026 a las 6:01 p. m. · Fuente: Infobae

En un testimonio cargado de memoria histórica, el actual jefe de Seguridad Ocupacional de El Salvador relató ante un tribunal capitalino los momentos más críticos vividos durante dos de los terremotos más devastadores en la historia reciente del país centroamericano. La declaración cobra relevancia no solo por su valor judicial, sino también por lo que representa para una comunidad latinoamericana en Estados Unidos que sigue de cerca la actualidad de sus países de origen, especialmente cuando se trata de episodios que marcaron a generaciones enteras.
El testigo relató que tenía apenas 15 años cuando el terremoto de 1986 sacudió San Salvador, un episodio que lo llevó, siendo todavía un adolescente, a participar en las tareas de atención sobre uno de los epicentros de la tragedia en el centro de la capital. Según su testimonio, la cifra de fallecidos en el inmueble del centro capitalino superó las 1,500 personas, un número que durante décadas ha simbolizado la magnitud de aquel desastre.
El sismo de 1986 es recordado en El Salvador como uno de los puntos de inflexión más dolorosos del siglo XX, ocurrido en medio del conflicto armado que atravesaba el país. La infraestructura urbana, ya debilitada por años de crisis institucional, colapsó en cuestión de segundos, dejando a la capital sumida en el caos y a miles de familias buscando a sus seres queridos entre los escombros.
Quince años más tarde, el mismo testigo volvió a ser protagonista de otro episodio sísmico determinante: el terremoto de enero de 2001, que golpeó con particular dureza la ciudad de Santa Tecla. En su declaración, estimó que más de 600 personas perdieron la vida en esa localidad, en gran parte a raíz de un deslizamiento de tierra que sepultó viviendas enteras en la colonia Las Colinas, uno de los episodios más recordados de ese desastre natural.

El terremoto de 2001 marcó también un antes y un después en la manera en que El Salvador aborda la gestión de riesgos y la seguridad estructural, dando lugar a reformas en normativas de construcción y a la creación de protocolos de respuesta que, hasta ese momento, resultaban insuficientes frente a la magnitud de los eventos sísmicos que atraviesa la región centroamericana.
Para la comunidad salvadoreña que hoy reside en Estados Unidos —una de las más numerosas dentro de la diáspora latina, con fuerte presencia en ciudades como Los Ángeles, Washington D.C. y Houston— estos testimonios no son solo un capítulo judicial, sino una reconexión con la memoria colectiva de un país que muchos debieron abandonar precisamente por la sucesión de crisis, terremotos y violencia que atravesó en las últimas décadas del siglo pasado.
El proceso judicial en el que se enmarca esta declaración busca esclarecer responsabilidades y reconstruir, con precisión histórica, el impacto real de ambos terremotos sobre la infraestructura y la población civil. Testimonios como el de este funcionario, que vivió en primera persona la atención de emergencia desde su juventud, aportan un valor documental que complementa los registros oficiales, muchas veces incompletos o contradictorios respecto a la cifra final de víctimas.
El caso también pone en primer plano el debate sobre la preparación sísmica de la región centroamericana, ubicada sobre el llamado Cinturón de Fuego del Pacífico, una de las zonas de mayor actividad tectónica del planeta. Países como El Salvador, Guatemala y Nicaragua conviven de manera permanente con el riesgo de terremotos, lo que ha llevado a organismos internacionales a insistir en la necesidad de fortalecer la infraestructura crítica y los sistemas de alerta temprana.
Más allá del valor probatorio que este testimonio pueda tener en el marco del proceso judicial en curso, su difusión reaviva un debate necesario sobre la memoria histórica de los desastres naturales en Latinoamérica y la importancia de preservar los relatos de quienes vivieron esos episodios en primera persona, especialmente en momentos en que las nuevas generaciones —tanto en la región como en la diáspora— buscan comprender mejor las raíces de la historia reciente de sus países.